lunes, 15 de junio de 2009

Más dinero, más policías, más soldados en las calles, no es la respuesta

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Fidel Herrera Beltrán: “En medio de condiciones muy difíciles de carácter recesivo Veracruz sigue creando empleos; Veracruz vive y combate pobreza, marginación, hace inversiones”.

Que bueno, podríamos estar peor.

El conjunto de propuestas que formulara el Lic. Alejandro Montano Guzmán ante una nutrida audiencia en el desayuno mensual de la agrupación “Entidad Plural”, en la capital de Veracruz, destaca en la medida en que el aspirante a diputado federal plurinominal por el PRI, son las primeras en las campañas electorales en puerta que intentan abordar de manera integral la compleja problemática que tiene postrado al país.

Se puede o no estar de acuerdo con lo propuesto por el también Director General del diario Milenio El Portal, pero el esfuerzo por resumir y exponer públicamente su visión sobre el presente y futuro de la Nación, tiene su mérito ante la ausencia casi total de ideas y propuestas de candidatos de los diversos partidos a la diputación federal en Veracruz.

Antepongo que se puede estar o no de acuerdo, en la medida que, con base en su experiencia personal al frente de la Secretaría de Seguridad Pública en la administración del Lic. Miguel Alemán Velasco, su visión de la problemática actual le lleva a colocar el tema de la seguridad y la guerra contra la delincuencia organizada, como el eje central de sus propuestas. Reduciendo el renglón de la economía y el desarrollo social a segundo término, tocándole con presuntas respuestas de orden legal, fiscal, presupuestal y de técnicas parlamentarias, evadiendo el principal y de más urgente solución tema de la crisis política que vive el país.

Cuando afirma que: “La crisis económica si bien se generó en el exterior, se reforzó en el interior porque no hemos logrado avanzar en las reformas estructurales que le hacen falta al país”, parte de una premisa falsa en su análisis en tanto la crisis concurrente es sistémica, globalizada e interdependiente; su origen no tiene un lugar geográfico específico y su conformación y explosividad es consecuencia de las contradicciones del sistema a escala planetaria. Incurriendo en las mismas limitaciones del análisis panista y evadiendo el hecho de que en el momento mismo en que los gobiernos priístas uncieron a México al llamado “Consenso de Washington”, se hicieron corresponsables de la crisis generalizada del capitalismo en su actual etapa neoliberal.

El no considerar el contexto más general de la crisis económica mundial da lugar a caer en recetas manidas de respuesta, como el proponer implícitamente “reformas estructurales” neoliberales, poniendo más lumbre a la hoguera.

Sin un proyecto claro de Nación, liderazgo, unidad nacional y rumbo cierto, que nos aleje del modelo neoliberal, dado ya como agotado por los organismos financieros internacionales más paradigmáticos de la época, poco puede aportar un poder legislativo secuestrado por una partidocracia insensible, que no sea el seguir profundizando en el proceso de privatización de la riqueza nacional, desigualdad, pobreza, y entrega de la soberanía al capital extranjero. El problema toral del país es político y, por tanto, las crisis concurrentes (económica, financiera, de seguridad pública, de procuración de justicia, de educación, de salud, alimentaria, y de representatividad y credibilidad), que frenan el desarrollo del país y califican al Estado- Nación como fallido, exigen respuestas políticas que no se dan. Tibiamente el senador Manlio Fabio Beltrones hace mención a ello y habla de la necesidad de avanzar en la Reforma del Estado.

Paradójicamente la clase política no lo quiere ver así. Quizá por ello tanto el PAN como el PRI coinciden en hacer del combate militar y policiaco al crimen organizado, cortina de humo tras la que se oculte su falta de voluntad de cambio de rumbo y su desinterés por atender lo que para las grandes mayorías en su orden de prioridades básicas de supervivencia y bienestar, es urgente y necesario.

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jueves, 11 de junio de 2009

El submarino rojo

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Así podría denominarse el barquichuelo blindado de la fidelidad en Veracruz. Cual moderno Nautilus, nada ni nadie le impide navegar con rumbo cierto. Al mando de experimentado capitán y, con un inmejorable timonel que en medio de las turbulentas y oscuras aguas de un país al que por doquier le brotan ámpulas anunciadoras de desastre, avizora puerto seguro para un día después del cinco de julio próximo y, por qué no, también para el 2010.


Teniendo como marco el escenario de un Veracruz en el que no pasa nada ni nada nos inquieta, salvo caer en las garras del capitán garfio y su casaca azul, la mayoría de los medios de comunicación hicieron gala de su capacidad informativa para destacar el mediocre papel de Javier Duarte de Ochoa, candidato priísta a diputado federal por el distrito electoral con cabecera en Córdoba, en un debate auspiciado por el IFE que no trascendió más allá de las paredes de las instalaciones del árbitro fallido del proceso electoral en puerta, opacado como fue por el fantasma del llamado voto en blanco.


El timonel asignado se dio por satisfecho. Tanto que ya anuncia gira triunfal a lo largo y ancho de los 20 distritos electorales que le son ajenos, para trasmitir el optimista mensaje de lo que su tecnocrática concepción del mundo, de México y de Veracruz, ofrece como propuesta electoral del PRI para sacar al buey de la barranca.


Fuera del marco de un contexto nacional en el que el puntero de la crisis que afecta a México es evidente que no es la desquebrajada economía e incluso tampoco la de la inseguridad al amparo de propiciatorias medidas equívocas de la guerra contra la delincuencia organizada, el joven timonel habló y habló sin dedicar una sola frase a la cima del iceberg que ya sobresale entre las agitadas aguas: la crisis política de un sistema de partidos que, agotado, carece ya de oxígeno para afrontar la también crisis de credibilidad de una ciudadanía harta de simulación, corrupción e impunidad.


Postura congruente la del experto en el debe y el haber, para aquellos ya acostumbrados al blindaje verbal del submarino rojo que, cual gota de agua destilada, navega a profundidad de periscopio entre el estercolero. No así para un imaginario popular en el que la sola opción de castigar a la clase política sufragando a favor de nada -porque eso es el inútil voto en blanco o nulo-, le entusiasma más que atender a campañas políticas anodinas y carentes de sentido práctico, que conducen a un más de lo mismo.


La política real de este cada vez más hundido país no significa nada para quien las técnicas presupuestales y las falsas salidas economicistas que a la crisis sistémica global ofrece el agotado modelo neoliberal, significan todo. Fiel al capitán y a la nave, el timonel se descubre a sí mismo como el ecléctico salvador del futuro incierto; ofrece puerto seguro en la tierra prometida y bonanza bursatilizada para todos.


Podrá ser diputado federal porque así el voto duro del priísmo lo decidirá, pero dudo que los galones de capitán lleguen a adornar el sombrero de tres picos de Javier Duarte de Ochoa, joven timonel que cierra ojos y oídos al clamor mayoritario de la gente.

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martes, 9 de junio de 2009

Voto en blanco, voto inútil

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Cuando a mediados de marzo del año en curso detecte que en la internet se estaban reflejando las primeras manifestaciones de una corriente tendiente a promover el llamado voto en blanco, o voto nulo, como alternativa ciudadana a asumir en las elecciones del próximo cinco de julio, comente que si bien en algunos países constituye una opción válida para el electorado, habida cuenta de que con ello se manifiesta el rechazo organizado a los partidos políticos o a candidatos que no responden al bien común, en el caso de México, con un sistema electoral carente de transparencia, confianza y credibilidad, resulta, al igual que el abstencionismo, contraproducente.


Agregando que el voto en blanco ni sería tomado en cuenta como mensaje de rechazo ni contribuiría a sanear nuestra incipiente democracia. Tanto el gobierno como la clase política en México, cotidianamente hacen gala de insensibilidad y oídos sordos frente a una opinión pública mayoritariamente insatisfecha.


Hoy, a 30 días de la elección, podría agregar que no obstante haber tomado fuerza la idea de castigar a la clase política descarrilando el proceso de legitimización de una simulada democracia representativa, al grado de que ésta, ganada por la histeria, ha puesto a un falso debate el tema del voto nulo, tal opción no me convence. Antes al contrario, me dejo llevar por el “sospechosismo” que provoca el que el duopolio televisivo y poderosas cadenas nacionales de radio y medios impresos, directa o indirectamente se hagan eco de la opción del voto en blanco. Y más todavía cuando constato entre mis vecinos no solo apatía y desinterés político frente a las elecciones en puerta. También una profunda ignorancia sobre lo que está en juego en los comicios venideros.


El descontento y rechazo al actual estado de cosas en el país, más que acicate para la búsqueda de alternativas de participación y cambio por la vía electoral, en la ciudadanía es motivo de connotada indiferencia. Votar por un partido en específico, por un candidato, o asistir a las urnas con el propósito de nulificar el sufragio, no está en el ánimo de un alto porcentaje de hombres y mujeres comunes. Votar o no votar, parece ser irrelevante; el peso de la degradación de la política en el imaginario popular, llama de antemano al rechazo a un proceso electoral manipulador que no tiene más propósito que legitimar el reparto legal de un pastel demasiado manoseado.


En este escenario, legitimar la elección, asistiendo masivamente a sufragar y al mismo tiempo descalificarla votando en blanco, me parece un contrasentido. Otra cosa sería si la ciudadanía, organizada, informada y consciente, participara en un referendo o pleisbicito, optando por un si ó un no en la tan necesaria como urgente reconstrucción del sistema de partidos, la dignificación de la política, y el rescate de la representación popular. Ni la sociedad mexicana está informada y organizada para tal efecto, ni la legislación electoral vigente se contrapone a intereses espurios de la partidocracia.


Aceptémoslo o no, en las actuales condiciones del país el voto en blanco es un voto inútil, desechable, que no aporta nada a la urgente necesidad de organización consecuente desde abajo, para impulsar las exigencias de cambio de un Estado que ya, sin eufemismos, se da como fallido. Podrá satisfacer el prurito personal, individual, de saberse parte de un presunto rechazo a la clase política, pero hasta ahí. Colectivamente es caer en la trampa, dejando en manos de los partidos mayoritarios el seguir manteniendo secuestrada la representación popular en el Congreso de la Unión. Más útil sería, si de castigo se trata, votar sí, pero ni un voto al PAN, ni un voto al PRI, como sugiere Andrés Manuel López Obrador.


Por lo que a mi respecta, reitero lo afirmado el 25 de marzo: La protesta o rechazo sin objetivos claros para avanzar no tiene sentido. Más que por el voto en blanco o la abstención, debe apostarse por la participación razonada y consecuente, generando condiciones para, desde abajo y de manera organizada, exigir a la representación popular cumpla con el cometido para el cual es electa. A mayor número de votos válidos menor será la oportunidad del agandalle y el fraude electoral. Y si este último se repite una vez más en contra de la voluntad ciudadana, como sociedad tendremos la calidad moral y política para impugnarlo, privando de legitimidad democrática a los triunfadores espurios y la justificación plena para exigir que se vayan todos.


Hay que salir a votar, así sea por el partido o candidato que consideremos menos peor. De otra manera, como ciudadanos interesados en el rescate de la ahora secuestrada representación popular, estaríamos rindiendo la plaza sin dar batalla. No podemos seguir permitiendo que una partidocracia, apenas respaldada por un voto duro que representa el 15 o 20 por ciento del total de más de 70 millones de votantes potenciales, decida el destino de la Nación.


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lunes, 8 de junio de 2009

León Bendesky: El voto

El debate sobre las formas de emitir el voto en las elecciones del próximo 5 de julio ha tenido más contenido y significado que las propuestas de los partidos y de sus candidatos. Éste es ya un aspecto muy relevante del estado en el que está el sistema político y el mismo proceso electoral en el país.


Hay que distinguir entre tres manifestaciones ciudadanas ante estas elecciones, así como el origen y la manera en que se promueven o argumentan. Una es abstenerse de votar. Ésta es siempre una posibilidad, sobre todo cuando no se reconocen opciones políticas convincentes, o bien cuando no se espera que votar represente un modo efectivo de reorientar las acciones de gobierno en sus tres niveles o el trabajo legislativo.


La abstención se tacha las más de las veces como una forma de desinterés y falta de participación en los asuntos de naturaleza social que se expresan en la emisión de un voto. Nadie está obligado a participar según los criterios convencionales que se dan a ese término. Y hay que reconocer que no asistir a las urnas es una forma de expresión de un estado político del individuo dentro de una colectividad y en un momento histórico determinado.


Otra forma de ejercer el voto es anularlo, es decir, no seguir las pautas establecidas en la ley para que sea efectivo. Y, la última, es votar por un candidato no registrado en las listas de las boletas correspondientes a cada caso de elección.


El Cofipe (Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales) consigna en primer lugar que: Votar en las elecciones constituye un derecho y una obligación que se ejerce para integrar órganos del Estado de elección popular; además: El voto es universal, libre, secreto, directo, personal e intransferible.


Con respecto al escrutinio y cómputo de los votos en las casillas señala que un voto se anulará cuando sea: aquel expresado por un elector en una boleta que depositó en la urna, pero que no marcó un solo cuadro en el que se contenga el emblema de un partido político, el de una coalición o el de los emblemas de los partidos coaligados.


También se puede votar legalmente por un candidato no registrado en las boletas y los escrutadores deberán hacer el acta correspondiente. A la letra la ley dice: Los votos emitidos a favor de candidatos no registrados se asentarán en el acta por separado.


Así que si bien son tres formas de actuar políticamente, y de las cuales deben sacarse las conclusiones pertinentes, cada una indica comportamientos distintos de un derecho ciudadano. Si no se acude a las urnas queda un registro en la forma de un residuo. Si se anula el voto, se deja constancia de que se ejerció el derecho, pero que se rechazan las opciones presentadas y en realidad queda sin efecto según la ley.

La tercera alternativa podría tener efectos más interesantes, pues en una acción concertada se podría expresar una ambición política, que debe consignarse oficialmente, aunque no tuviera efecto puesto que toda la ley electoral está solamente hecha para los partidos y otras organizaciones políticas constituidas.


La organización de un voto concentrado por algún candidato independiente tendría un efecto político significativo. Pero hay que admitir cuando menos dos cosas: una es que no hay un personaje identificable cuya estatura política aglutinara esta posibilidad. La otra es que la forma de hacer política en el marco de las instituciones y reglas prevalecientes está ya agotada y no atrae la atención de la mayoría de los electores. En este entorno se puede pescar en río revuelto y sacar ventajas de la situación, tanto desde la derecha como desde la izquierda.


Así las cosas, las declaraciones del senador panista Santiago Creel son esencialmente vacuas, pues considera que el voto en blanco o la abstención significan autoexcluirse del sistema democrático. No, señor, estas actitudes son una forma de rechazo a las condiciones reales en que se expresa esa democracia que él defiende. No se trata de regatear lo que se ha conseguido y no como regalo de ningún político, sino de admitir sus enormes limitaciones.


Igual ocurre con lo dicho por Arturo Núñez, del PRD, quien sostiene que provoca suspicacia la promoción del rechazo de la ciudadanía y de la sociedad a la clase política en lo que llama un discurso antipolítica y antipartido y que puede ser, según él, muy peligroso. Siempre hay oportunistas que generan suspicacia vengan de cualquier parte del abanico político. Pero no subestimen a la gente, que también piensa con claridad y de manera propia, no es sólo una masa informe manipulada por la radio y la televisión.


El formalismo del voto debe contraponerse con su efectividad como modo de expresión de los deseos y necesidades de los ciudadanos. Hoy, la ciudadanía no sólo está marginada del proceso, sino que es rehén de los partidos y del IFE. El 5 de julio muchos ciudadanos habrán de ejercer su voto tan sólo como una segunda mejor solución y ésa es una manera en que se advierte el conflicto político y social que reina sobre México de modo cada vez más evidente.


Leonardo Sciascia lo dijo claramente en su novela El Consejo de Egipto: “Las ideas aparecen cuando las rentas desaparecen…”

Tomado de: La Jornada 08/06/09

miércoles, 3 de junio de 2009

“María Cristina nos quiere gobernar...”

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Dentro del escenario maniqueo que se nos quiere imponer como preámbulo a la elección del 5 de julio próximo, he escuchado de labios de priístas una frase lapidaria que hoy hace suya la Sra. Beatriz Paredes, Presidenta nacional del PRI: “El PAN no sabe gobernar”. Extraña afirmación que considero totalmente fuera de lugar y al margen del contexto histórico de México.

Más allá de hechos probados que demuestran fehacientemente que los últimos 4 presidentes de la república emanados de las filas del PRI no supieron gobernar, adoptando el modelo neoliberal de desarrollo que condujera al más que evidente desmantelamiento del Estado y empobrecimiento de la Nación, hoy, a más de cinco lustros de distancia, es ya del dominio público que en los casi nueve años de gobierno panista el PRI ha cogobernado, compartiendo con la derecha la toma de aquellas decisiones que hoy tienen al país al borde del desastre anunciado.

¿O es que existe duda al respecto?

A unas cuantas semanas de los comicios del 5 de julio un alto porcentaje de la población así lo percibe; juzgándose por igual no sólo al PRI y al PAN, sino a la partidocracia que en conjunto constituye la clase gobernante. Tan es así que entre la ciudadanía cobra fuerza la idea de no sufragar o de nulificar el voto, antes que legitimar un estado de cosas en el que la voluntad de cambio no se da. La clase política no puede ni debe hablar y mucho menos afirmar, que un partido político en específico sabe o no sabe gobernar a un país que hoy día se contempla sin rumbo, sin liderazgo, sin destino cierto y sin esperanza, sin morderse la lengua.

De ahí que la estrategia priísta en su afán de contrarrestar el efecto de un garlito que les pusiera Felipe Calderón y su equipo de expertos extranjeros en “guerra sucia electoral”, resulta ser harto simplista. No conforme con haber caído en la trampa, el PRI, - los partidos emergentes parecen no contar en el polarizado combate -, se revuelve con generalidades, con palos de ciego circunscritos a un ámbito electoral que pasa por intereses personales y de grupo de la clase política, evadiendo una estrategia de propuestas concretas que apunten a dar respuesta puntual a lo que hoy día, frente a la crisis sistémica global, ocupa y preocupa a la mayoría de una población a la que ni se le ve ni se le escucha.

Si el partido tricolor supiera gobernar, frente a las crisis concurrentes tendría las respuestas a flor de labio y tiempo ah, como oposición responsable, hubiera renunciado al maridaje con el PAN; dejando de prestarse al juego de la derecha que, entre sus logros más destacados, tiene en su haber la militarización del país, el derrumbe de la economía y el retroceso democrático. No es así. La coincidencia en intereses estratégicos con la derecha, hacen del PRI un simple colaborador y compañero de camino del panismo en el poder. Ambos partidos se tapan con la misma sábana y los artífices de la estrategia del terror lo saben y de ello se valen para arrinconar al priísmo.

Dejar hacer, dejar pasar, es la consigna priísta. Manos libres al gobierno de Calderón Hinojosa, lo mismo para concluir la tarea histórica de desmantelamiento del Estado, la venta de garaje ofertando al capital extranjero lo poco que queda del patrimonio nacional, que para poner la soberanía en manos del mejor postor ante la incapacidad manifiesta del (des) gobierno para brindar seguridad y bienestar a los mexicanos. Las campañas políticas de los candidatos priístas en curso, no indican la existencia de la más mínima voluntad de corregir el rumbo. Para el PAN su estrategia electoral es congruente con su naturaleza y con sus objetivos: mantener el poder a cualquier costo para profundizar el proceso de derechización fascistoide del Estado mexicano. ¿Cuáles son los objetivos de mediano y largo plazo del PRI? Esta pregunta se queda sin respuesta. En la coyuntura sólo habla de un triunfo pírrico de sus candidatos.

El PRI va a ganar en las elecciones en puerta. Casi es un hecho pero, ¿conoce la ciudadanía de sus intenciones de mediano y largo plazo en lo que a rumbo y destino del país concierne? ¿O la elección es únicamente un paso previo en la búsqueda de la recuperación de Los Pinos; la recuperación del poder por el poder mismo, para después compartirlo con el PAN? No hay respuesta, como tampoco se dio el cambio democrático al interior de este partido, en respuesta a una militancia dolida y confundida tras la derrota de Roberto Madrazo.

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