jueves, 20 de marzo de 2008

Ni el viejo régimen termina de morir, ni el nuevo termina de nacer

Apunte para gobernantes.com

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Considero no estar equivocado cuando estimo que en México vivimos una crisis en el sistema de partidos políticos. Así lo he venido percibiendo y opiniones de diversos analistas y comentaristas de reconocido prestigio, pero sobre todo los hechos lo confirman. La elección de dirigentes nacionales y estatales del Partido de la Revolución Democrática (PRD), son un claro síntoma de un padecimiento terminal que se hace extensivo a todo el sistema.


Toda crisis de crecimiento en la sociedad pasa por un proceso en el que dialécticamente necesariamente lo viejo debe ceder el paso a lo nuevo. De no suceder entonces el proceso se revierte y da lugar al estancamiento o al retroceso. A partir de las reformas de 1988, con la llamada apertura democrática, el sistema de partidos inició una nueva etapa, un nuevo ciclo de crecimiento de la vida política de la Nación en el que se pretendiera reformar a un Estado caduco y agotado, adecuándolo a la nueva realidad del país y a sus necesidades de inserción en un mundo que a pasos acelerados avanzaba hacia la globalización. El proceso de cambio se quedó trunco. Se modificaron las formas y el fondo ha quedado prácticamente intacto. Ni el viejo régimen termina de morir, ni el nuevo termina de nacer.


La necesidad hoy de una reforma estructural del Estado mexicano es más que evidente. Se ha pretendido en los últimos años llevarla a cabo, no obstante, paradójicamente sólo se ha agitado el avispero; oponiéndose a esta los mismos que la promueven, los partidos políticos. La sociedad ha avanzado más rápidamente que la llamada clase política, atada aún al pasado. La carga de intereses creados les impiden ser la vanguardia de un proceso de crecimiento cuantitativo y cualitativo de la sociedad, y esta les ha rebasado. Las llamadas reformas estructurales que han aprobado los partidos políticos en el Congreso de la Unión, responden más a sus particulares intereses que a las necesidades crecientes de la sociedad nacional. La reforma del Estado está estancada y sujeta a parches coyunturales, frenándose el proceso exigido de un auténtico cambio estructural, con el consiguiente estancamiento en todos los órdenes de la Nación.


No deberíamos darnos por sorprendidos y mucho menos acudir al desgarre de vestiduras, frente a lo que viene aconteciendo en la vida interna del PRD. Entre lo que no acaba de morir y no acaba de nacer, figura de manera relevante la cultura política heredada del viejo régimen. Los procesos electorales y la calidad democrática de estos, siguen siendo de manera repetitiva, expresión cultural arraigada de un pueblo educado en la simulación, la corrupción, y la impunidad y, en el mayor de los casos, de la exclusión de la ciudadanía en la toma de aquellas decisiones que por principio a esta le competen. En tal sentido, más que descalificar procede reconocer que pese al “cochinero”, el PRD abrió espacios de participación democrática a sus bases; la elección estuvo únicamente acotada y restringida a la participación de militantes efectivos; ningún candidato a dirigente fue impuesto como tal por la cúpula partidista, la postulación fue libre y espontánea para quienes quisieron hacerlo; cada candidato de cara a sus electores expuso su proyecto y estuvo sujeto a un amplio y público debate.


Gracias a la cultura política heredada y lo incipiente del cambio de ésta, de la libertad democrática se pasó al libertinaje; siendo rebasada la estructura burocrática del partido tanto por las virtudes como por los vicios de un proceso que se salió de control. Lo destacable, es que a diferencia de los procesos de elección de dirigentes de otros partidos, el del pasado domingo se dio de cara a la sociedad, confrontando proyectos de interés para toda la Nación. Si como afirman presentadores de noticias y comentaristas de los medios electrónicos, la elección fue un fracaso y el anuncio de la muerte por inanición del PRD, no fue en todo caso, de este instituto político en particular. El proceso fallido, al que por cierto no fueron ajenos algunos gobernadores, es reflejo y expresión de una cultura política nacional aferrada al pasado. Es la imagen reflejada en el espejo de una crisis general, sin excepciones, del sistema de partidos políticos en México; así como una exigencia de reformas estructurales de fondo por parte de una ciudadanía cada vez más dispuesta a participar activamente, a ser conducida y representada por una clase política responsable, honesta, congruente, y dispuesta a impulsar los cambios requeridos para salir del estancamiento.


Si de avergonzarse se trata -como lastimeramente lo expresa Ciro Gómez Leyva-, la tarea es de todos y no únicamente del PRD y sus corrientes diversas. A la sociedad en su conjunto corresponde decidir si seguimos adelante con una auténtica reforma del Estado, o damos marcha atrás y retornamos al viejo régimen.

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